Octavio Mestre rememora a Enric Miralles


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Agradecer en especial a Octavio Mestre por su inestimable colaboración, amabilidad, apoyo y confianza.

Han pasado ya más de 13 años desde que escribí la segunda parte de este texto, que es, sin duda, el texto base. Ya dije, entonces, cuanto tenía que decir. Cuando EMM murió, prematuramente, el Colegio de Arquitectos me encargó unas palabras para la revista AB que salieron publicadas en una versión reducida, respecto el primer original, por razón de espacio. Me consta que Bene -y todo el despacho- se emocionaron mucho al leerlas… así como tanta otra gente que no conocía y que, en algún que otro momento, me lo han recordado, a lo largo de estos años. Porque hay palabras que curan, aunque siga quedándonos siempre un tremendo, un inmenso dolor. Han pasado ya 13 años… 13 años en los que, sin Enric, la arquitectura catalana se ha sentido siempre un poco huérfana, un poco más perdida… porque hay fechas que marcan un antes y un después. 13 años en los que, sin embargo, su estudio ha sido capaz de tirar para adelante los proyectos que quedaron inconclusos e incluso seguir haciendo una obra espectacular, ya sin él, pero en su espíritu, que hace que, como el Cid Campeador, Enric Miralles siga ganando batallas después de muerto. Mérito indudable de la imaginación y disciplina que se esconden, tras esa eterna sonrisa que luce Bene.

Estamos convocados aquí por la inmensa huella que Enric dejó en la Arquitectura (al hablar de su  obra debemos de hacerlo  en mayúsculas)  y, sin  embargo, yo insisto en hablar de la persona. Porque, pasan los años, uno se hace mayor, y, excepto en determinados casos, uno, casi siempre, suele valorar más a las personas que a sus obras, lo que es mucho decir en el caso de la obra de Enric, tan admiradas ambas. Porque la consideración que siento hacia obras y autores no siempre van de la mano…Muchas veces he tenido interés en conocer a autores cuya obra me había impresionado y que me han decepcionado, de tal manera, que estoy con el húngaro Artur Koestler, quien no comprendía las ganas que la gente suele tener de conocer a los autores a los que admiran. Decía que es como al que le gusta el foie y quiere saludar personalmente a la oca.

Podría explicar muchas anécdotas y vivencias de unos años intensos de juventud que hoy quedan perdidos en la memoria (años de autoafirmación y de dudas, años de lucha y trabajo intenso). La lucha y el trabajo siguen en pie. Y también la ilusión… but the fighter still remains… Yo fui su alumno en Siena y viajé por la Toscana con él, trabajé 2 años de manera intermitente en su despacho, en el que compartía con Carme Pinós en Diagonal, Enric fue mi tutor de Final de Carrera y, además, jugué con él 8 años a baloncesto (como ya escribí entonces). Siempre dije, cuando todavía no había hecho nada (esa es la expresión que usaban mis padres) que si a una persona la ves desnudo en la ducha cada semana y sigues pensando que es un genio, tiene muchos números de ser un genio. De esa primera época podría contar, pues, miles de anécdotas… Un día le invité a mi boda y no vino (se le complicó en el último momento, se excusó a los días, por fax, cosa que mi mujer nunca olvidó). Después yo iría a la suya (sin mi mujer). Con el tiempo, perdí contacto. No pasó nada, simplemente pasó. Ya entonces nuestros círculos eran demasiado diferentes.

Aquel mes de julio, días antes de morir, le dieron el FAD por una casa en la Clota que tenía mucho que ver con el Arte Povera y con el futuro, hoy presente, que nos esperaba a todos y que, por aquel entonces, ni siquiera intuíamos (hay que ver la huella que de esa vivienda se aprecia  en  las  obras  seleccionadas  por  Jordi  Badia  y  Félix  Arranz  para  el  Pabellón  de Catalunya de la Ramón LLUL, en la Bienal de Venecia del pasado año y la exposición Vogadors)… Como decía, si cuando le dieron el FAD, antes de morir, Enric dijo que la única arquitectura interesante es la emocionante, os contaré (no lo había escrito nunca) que dos de las últimas veces que he llorado amargamente han estado vinculadas a su recuerdo.

Parlamento de Edimburgo

La última fue, en el 2009 en un viaje por Escocia, viendo el lateral del muro del Parlamento en Edimburgo. Había ya visitado todo el complejo, el hall a triple altura, las salas de actos, los despachos de los parlamentarios, los jardines y su fusión con una naturaleza siempre verde. Pero fue, ya volviendo a la ciudad, cuando reparé en un muro lateral, apenas un tapial sobre el que se apilaban frases que le habían servido de inspiración y primeros croquis, a modo de grafitis, de cajón de sastre, un muro que no recordaba haber visto publicado, menos que la fachada de detrás, en la que reconocí su forma de trabajar… un muro que Enric no llegó a ver, según me contó, años después la propia Bene, cuando se lo dije:  un homenaje que le hicieron junto a Soraya, la hija de Peter y Alison Smithson (perdonadme, pero trece años después sigo sin entender la fascinación que siempre Enric tuvo por ellos y que apenas hoy me entero que mi amigo Juan Ignacio Mera comparte).

La primera y más emotiva, fue en una visita a solas al Cementerio de Igualada. Tras haber ganado el concurso para remodelar íntegramente el Centro Comercial L´ Illa Diagonal, el mismo año en que Enric murió, obra en la que le rendí un público y a la vez oculto homenaje (os invito a descubrirlo), participamos en otro concurso para definir la imagen de marca de las tiendas de Punto Blanco, cuya sede corporativa está, precisamente, en Igualada… tras una reunión de trabajo para aprobar los prototipos diseñados, quise volver a visitar el cementerio. Era un día brumoso de invierno, cercano ya a la Navidad, que nada tenía que ver con el multitudinario entierro de aquel triste y tórrido día de julio del año 2000… Ese río de la vida (y de la muerte) de tablones embebidos, en el hormigón del suelo, como barcas a al deriva, me fue llevando hacia su tumba… Y ahí en el lateral, esa pared de hormigón desnudo que recordaba se había llenado de grafitis, de escritos de gente que expresaba su más profunda admiración, en todos los idiomas del mundo, en catalán y castellano (esos que nos son más próximos), pero también en inglés, italiano o japonés… Entre esos textos, en una esquinita, leí aquel Bon Nadal, Papá que me dejó helado… y sólo, sin nadie que me viera, lloré de la forma más desconsolada. Yo también tengo, hijos. Y pensé en Eduard y en Lola, en ellos sin mí y no ya en su dolor, si no en mi dolor de muerto, no por la muerte en sí, sino por la inmensa pena de no poder verlos crecer… Aún se me eriza el vello mientras escribo estas líneas.

Octavio Mestre, Septiembre del 2013

0.1 EMM a Torrent de Pareis por O. Mestre 1984

EMM, in memoriam (1)

Lees los titulares del día y no aciertas a dar crédito, aunque ya lo sabías desde el día anterior. La voz corrió como la pólvora. Amanece con la noticia en primera página de todos los periódicos. Ves, en las fotos, su mirada profunda, profunda como su voz, que repiquetea en el recuerdo, y no aciertas a pronunciar palabra. Enric se ha ido. Sabías de su enfermedad por terceros, pero siempre te negaste a aceptar esa muerte anunciada. ¿Por qué deberías haberlo hecho?

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1- Intimo personal

Unos pocos tuvimos la suerte, el privilegio, de conocerlo, cuando despuntaba en su fulgurante carrera. No es mérito nuestro, sino mera coincidencia. Sé que soy poeta, porque sé reconocer la poesía, decía Lorca. Ni siquiera, decía, por escribirla…¿Cómo dices que es tan bueno, si no ha construido nada? me decían mis padres…Pero lo sabíamos…Y quizás eso nos hizo, a algunos, sentirnos arquitectos, entender la arquitectura de una determinada manera.

La primera vez que le vi dibujar fue en el preparatorio para Siena. Hizo, en apenas unos trazos, un proyecto síntesis de todos cuantos íbamos becados aquel año al ILAUD. Llevábamos, por entonces,  3 años jugando a básquet juntos (jugaríamos hasta un total de ocho). Tras la estancia en Siena, el verano del 83, me sentí honrado de que me eligiera para hacer un concurso de viviendas cuyas bases especificaban que los equipos debían componerse de profesores y alumnos de la Escuela. Fue, también, por aquella época, mi tutor del proyecto final de carrera… Entretanto, viajamos juntos varias veces por Europa, la última hasta Ronchamp, para asistir la boda de Tito Pallí, un amigo común que, por entonces, era mi socio de despacho. Enric descubrió Mallorca cuando, estando yo en las prácticas de milicias, se alojó en casa. A su marcha encontré un hermoso dibujo de despedida y agradecimiento sobre la mesa de la habitación, como esos que después recibiría, varias veces, vía fax.

A Enric no volví a tenerlo de profesor hasta el curso “A fragment of an enclave” que Alison y Peter Smithson impartieron sobre cómo debía ser un pabellón en los 80, con motivo de la reconstrucción del de Mies, en Barcelona. Confieso que les respeté por la propiedad transitiva, por lo que Enric les valoraba y por cuanto yo valoraba a Enric. Siempre he pensado que no me interesaba su obra -y hoy sigo sin encontrarlos interesantes-. Hicimos, entonces, una capilla para un cementerio. En un cementerio todo es simbólico, decía Enric. Un cementerio siempre es metáfora de otras vidas.

Recuerdo, especialmente,  la doble lectura de su tesis, de la que muchos hicimos bandera (me acuerdo explicando a su madre, desconcertada  ante cuanto sucedió, cuanto valía su hijo. A su madre, a la que no vería hasta el día de su entierro). Recuerdo su concurso oposición a la plaza de titular en la ETSAB: un concurso oral en el que los examinandos podrían haber sido los examinadores y viceversa, dada la calidad de todos ellos, aspirantes y jurado.

Durante un par de años, de manera intermitente, colaboré dibujando y haciendo maquetas en el  despacho  que  compartía  con  Carme  Pinòs.  Su  capacidad  de  trabajo  era  proverbial. Recuerdo que, tras tres noches sin dormir, haciendo la del Ayuntamiento de Algemesí, a la vuelta de un viaje relámpago para explicar el proyecto a las autoridades locales y tomando una cerveza en la Plaza Real, sacó las bases de otro concurso que empezar el día siguiente.

Recuerdo el orgullo con el que salías del despacho, tarde, de noche, y pasabas por los bares repletos de una Diagonal, donde la gente tomaba copas. Trabajar con ellos te hacía sentir diferente. Recuerdo el descubrimiento internacional que significó para la joven pareja, la entrevista que Peter Buchanan les hiciera…

Y recuerdo, cómo no, el concurso del cementerio de Igualada en el que participó, bajo la plica de un arquitecto amigo, pues, todavía, cuando se convocó, estaba colaborando en el despacho de Viaplana y Piñón. La historia no es nueva, pero fue como fue y no la podemos cambiar. Aunque poco importa ya hoy. Seguramente el despacho de Viaplana y Piñón no sería cuanto fue sin la aportación fresca de Enric, ni Enric hubiera llegado a ser quien ha sido sin el magisterio y la sensibilidad de Albert y la mirada crítica y el rigor de Helio ¡Qué libros más hermosos viene publicando estos últimos años! Y, tampoco, sin el rigor de Carme, con quien compartió, después, una época brillantísima de formación y autoafirmación profesional, en la que, de manera incipiente, estaría todo cuanto vendría después. Enric era un arquitecto de concursos, como le oí definirse un día ante una señora que le solicitaba una cédula de habitabilidad. ¿Pero vosté en sap o no de fer cédules? le preguntaba, incrédula, del otro lado del teléfono. ¿Però, quin tipus d´arquitecte es vosté?

Con Enric compartía el gusto por juntar palabras y almacenar libros, como otros coleccionan cromos, títulos o posesiones. Enric, cuando se separó, dejó todos sus libros en su primera casa. Me consta su dolor, porque sé cuánto aprecio los míos. A Enric, en una época, muchos le comentábamos todo, como se comentan las cosas, con un hermano mayor. Para toda una generación fue el espejo en el que reflejarse. Muchos nos sentíamos Salieri frente a Mozart, compartiendo su actitud pero no su talento. Aunque bien mirado, sólo Salieri comprendió, de verdad, al genial músico. Porque sólo el que sabe el valor de las cosas puede admirar al genio, en su verdadera proporción. Enric fue todo cuanto muchos quisimos ser. Auténtico aprendiz de brujo. Enric hacía fácil lo difícil. Tras él se hizo difícil, después, admirar a otros. Uno es de un país, de una ciudad, de unos padres y de su propio tiempo. Nosotros éramos de Enric. Enric era nuestro alter ego, del que un día sería necesario separarse para crecer.

Mi convicción de que la discreción es virtud y que la arquitectura debe pasar desapercibida, en la mayoría de los casos, en una primera lectura, para emocionarte sólo después, me alejó un tanto de él… Nunca he entendido esos árboles petrificados en una noche de tormenta que son las pérgolas de la Avenida Icària, ni las capillas japonesas (¿?), ni que el espacio interior del Círculo de Lectores tuvieran que ser tan tortuoso. Creo que a todos ellos les sobra esa vuelta de tuerca de más, que acaba por ensuciar la idea primera, ese jugar al primer toque, que Enric practicaba como nadie. Enric había entrado, hace tiempo, y por derecho propio, en el circo de la arquitectura donde los hay muy buenos (él) y no tanto (más de uno). A veces la arquitectura va por un camino y el circo por otro. Los circuitos no siempre coinciden. Los últimos edificios (que ya sólo conocí por la prensa especializada) me reconciliaron, de nuevo, con su obra. Aunque, la verdad, si últimamente, nos veíamos, apenas, de tanto en tanto, era por ese ritmo que la vida impone. Y porque lo sentía, lo sabía tan importante, tan grande, tan ocupado siempre, que incluso temías molestar.

Hablo en primera persona, pero sé que nos ha pasado a muchos. Acabas por ver sólo a aquellos con quienes trabajas. Y, sin embargo, lo he visto un par de veces, estos últimos meses, ambas en bici. En las pasadas Navidades, estando con mi mujer, sentados en un céntrico café y ya en febrero, enfermo él sin saberlo, por el carrer Ample. Yo salía de dar clases y hacía sol. También lo vi comprando juguetes para sus hijos, en vísperas de Reyes, en un céntrico centro comercial, pero él no me vio.

Pero esa es mi historia y no compete a otros sino a quienes la vivimos en primera persona. Todos tenemos la nuestra. Basta con desempolvarla. Y recordar…

2.01 Obra y trayectoria

2- Obra y trayectoria

Todo palidece ante la obra del genio. Josep Quetglas habla de la imposibilidad de describir su arquitectura precisamente, por eso, por ser arquitectura de verdad, personal e intraducible a otro lenguaje que no sea el que le es propio y, por tanto, le pertenece. Enric tenía claro hasta donde llegaba la autoría de cada uno de sus trabajos. La arquitectura es personal e intransferible. Sin ánimo de darte lecciones, escribió a un reputado crítico, tras leer un artículo en el que se obviaba su colaboración en una fantástica plaza que inauguraría toda una manera de hacer espacio público, en nuestra ciudad. Hay quien se abre paso a codazos y quien se destaca con poderosa zancada y así evita a los otros. Esa fue siempre su condición.

No vamos a glosar aquí una trayectoria de la que dan cuenta libros y revistas. Enric tenía una enorme capacidad para transformar la realidad. Una transformación, no literaria, que le permitía traducir el Park Güell, y aderezarlo con la obra de Richard Long en el cementerio de Igualada, en el que hoy reposa; que le permitía integrar los gigantes de la mitología catalana con su apuesta formal más novedosa; la visión fragmentaria de Hockney, manteniendo una unidad y coherencia absolutas o reinterpretar el Arlequín no acabado de Picasso con tantos de sus dibujos que insinúan, cuando quieren insinuar, y afirman, cuando así lo pretenden.

Para un arquitecto una manera de dibujar implica una manera de ver, de apropiarse de la realidad. Y Enric inventó una manera de dibujar. Y se apropió de todo un campo formal. De una manera de hacer, más allá de la cual, no había nada. Si sale con barba San Antón y, sino, Purísima Concepción. Cada proyecto era, así, riesgo y aventura, desde la ilusión del niño grande que sigue sorprendiéndose del juego de manos de gran prestidigitador que acaba de hacer. El pilar ¿va a buscar la jácena o la jácena el pilar? ¿Son amigos estos forjados o no? Enric nos enseñó una nueva manera de ver la realidad, nos prestó sus alas y nos enseñó a leer, entre líneas, lo complejo de este gran atlas desplegado que es el mundo. Sus sucesivos despachos, en Diagonal Balmes, en el que trabajé, el de la calle Avinyó, su casa del Carrer Mercaders o el nuevo del Passatge de la Pau, con Bene ejerciendo de anfitriona, marcan la pauta de cómo nos gusta vivir a algunos, en qué tipo de espacio.

Enric vivía más rápido, vivía a otra velocidad. Parecía mayor, porque hacía cosas de mayor. Cuando perdimos el concurso de la ampliación de la Casa Golferichs tenía 30 años como Puig i Cadafalch cuando la construyó. 31, apenas, cuando ganó el concurso del cementerio. Los hay que luchan un día y son buenos y los hay que luchan muchos días y son mejores. Enric, como los “imprescindibles” de Brecht, luchaba todos los días, era fiel todos los días, incólume, de aquellos que reconstruyen el templo en tres días y luchan por cambiar las cosas. Porque si bien podemos hablar hoy del Ayuntamiento de Utrecht, del Parlamento de Escocia, de la Facoltà di Archittetura di Venezia, de la Universidad de Vigo o de la magnífica sede para la Catalana de Gas, podemos hablar, también, de los tantos concursos perdidos, de la otra cara que no se ve y que son cimiento, como en los edificios, de todo aquello cuanto sí vemos. A veces las mejores historias son las que pudieron ser y no fueron… De Enric aprendimos, también, a ilusionarnos, manteniendo, prudentes, las distancias, para no quemarse del todo.

3.0 De nuestros mayores

3- De nuestros mayores

Ves las fuerzas vivas acompañando al muerto y no deja de extrañarte. Nunca entendí, del todo, la relación de Enric con alguno de nuestros mayores…A no ser porque la arquitectura acaba convirtiéndose, siempre, en un juego social en el que dejarse exprimir, para llevarse el gato al agua; dejarse vampirizar sabiendo que, a base de trabajo e ingenio, con su portentosa mano y capacidad de trabajo, acabaría por apropiarse de trabajos y encargos que quizás no le correspondieran por edad. Muchos hemos tenido la sensación de que nuestros mayores se lo apropiaban. Líbrate de la hora de las alabanzas, dice la voz popular. Hoy, periodistas y compañeros de viaje parecen descubrirlo y rendirse ante el genio. Tan sólo dos puntualizaciones. Apenas dos opiniones, de cuantos artículos han aparecido en prensa.

Cuando Oriol Bohigas dice de Enric ser, quizás, el mejor de su generación y de las futuras, quizás debiera decir de las pasadas. Porque nadie conoce el futuro y sí los frutos que dieron quienes nos precedieron. En un mundo en el que el arquitecto es llamado a construir en los más remotos lugares (y la prueba es la propia obra de Enric Miralles) no podemos hablar de generaciones, en puridad. Desaparecen los conceptos de espacio y tiempo y, por tanto, la idea de una “arquitectura generacional” se diluye en favor de la idea de una arquitectura personal. Con el tiempo, vistos en perspectiva, todos perteneceremos a la segunda mitad de siglo XX o a ese umbral que representa la transición hacia el nuevo milenio. Me remito a las palabras de Enric, a la hora de concederle su último FAD: La única arquitectura que importa, es la emocionante

Cuando la historia nos pase por encima con su rodillo de polvo y olvido, de la arquitectura catalana del siglo XX apenas los nombres de Antoni Gaudí, José Antonio Coderch y, quizás, el de Enric Miralles pasen, respectivamente, como símbolos del Modernismo, de la recuperación de la modernidad tras la guerra incivil y del resplandor de la última hoguera, tras los fastos olímpicos. Y, sino, al tiempo. Porque la historia tiende a la simplificación y a la magnificación de unos pocos, en detrimento de otros, ya por carisma personal, ya por oportunismo histórico. Quizás el nombre de Josep Lluis Sert se una, también, a esta tríada, aunque Sert me ha parecido, siempre, más un buen discípulo que un maestro, privado de esa voz propia que caracteriza a los grandes creadores. Sólo una segunda mirada más detallada permitirá reconocer  la  miríada  de  arquitectos,  ese  caldo  de  cultivo  riquísimo  que  ha  sido  siempre Cataluña y en el que hay extraordinarios ejemplos de quehacer profesional. El genio es, a menudo (casi siempre), fruto de su condición y de su entorno. Lo que no le resta mérito alguno.

Y dos. Hay también quien ha hablado de la muerte de Enric desde su dudosa condición estética, de Benedetta, cual Madonna en el Descendimiento, abrazada a su particular Cristo yacente. Todo muy bello, muy estético… Si por la boca muere el pez, también el arquitecto da la talla, en cuanto persona, de cuanto es, de su riqueza interior o de su vaciedad más absoluta. Ciertamente repugnante. Aunque claro, en la vida y en la muerte, todo es más que discutible.

4.1 El funeral

4- El funeral

El ruido de las paletadas bajo el sol de julio se clava en el alma (triste paradoja para el joven arquitecto que pensó el cementerio en el que sería enterrado). El oficio de construir versus el cavarse la propia tumba (no todo el mundo puede ser enterrado en su propio cementerio). Eran las cinco de la tarde y Sánchez Mejías y Lorca, vestían de oro y grana, bajo un sol de justicia. Y cada cual, en silencio, pensando tantas cosas… ¿Tenemos los hombres un destino marcado? ¿Tiene sentido afanarse en tantas cosas?

Piensas en Malevich y en el funeral que le organizaron sus amigos en el coche, con el cuadrado negro sobre fondo blanco. Piensas en que Le Corbusier, a su edad, apenas había hecho la Villa Savoie. En que, como bien decía Bohigas, con él muere el futuro (o, al menos, una parte). En apenas 20 años de ejercicio profesional, Enric Miralles fue capaz de crear un mundo propio, un lenguaje propio. Le quedaban 30, 40 más que deberían ser en lógica progresión  ascendente (desgraciadamente,  hoy tenemos ya a nuestro Terragni particular). Enric, en apenas 45 años, ha vivido más que cuanto muchos de nosotros viviremos, aunque lleguemos a los 90. Piensas, con el tiempo, lo cortas que parecen las etapas anteriores, una vez pasadas. Piensas que siempre se mueren los otros ¿hasta cuándo? Piensas en no haberte podido despedir, haberle dicho cuanto rezaba por él, desde que supe de su enfermedad (aunque ahora ya lo sabe). Bioy Casares, tras la muerte de su hija y esposa en un breve lapso, decía que, por más que se estuviera acostumbrado a escribir sobre la muerte, tras la muerte real de quienes queremos, sólo queda el más profundo dolor. Y es cierto.

Enric se ha ido como vivió, trabajando, en silencio, por más revuelo que produjesen sus obras. Lo imaginas alejado del mundo y sabiendo que las horas están contadas. O, quizás no, confiando en una pronta recuperación… Recuerdo haber leído la angustia de Heandel, consciente de la propia degeneración física, en pleno delirio creativo, tras su particular travesía por el desierto, al final de su vida (¡pero Haendel era, ya, octogenario!!). La entrevista del último número de Diseño Interior que le hizo Anatxu Zabalbeascoa era premonitoria. ¿Crees en la inmortalidad? Mucho gracias… Piensas en el último número de Arquitectura Viva: Enric cual Babar, en la caricatura de Focho, haciendo bailar las columnas del Centro de Gimnasia rítmica de Alicante. Piensas en la última entrevista en prensa, en la que manifestaba, simplemente, el deseo de volver a la normalidad. Y quisimos creer, pensamos algunos, que quizás, sí, que se recuperaría.

Más de uno va a sepelios y funerales como se va a fiestas o vernissages. Son actos que forman parte de la vida social de una profesión, de una ciudad… ¿A qué se va a un funeral? ¿A despedir al amigo? ¿A ver y ser visto? ¿A rezar? ¿A hacer que los más íntimos no se sientan solos? Pero me consta que en el entierro de Enric reinaba el profundo dolor de las vidas truncadas, de las flores marchitas antes de tiempo. Me consta la sentida orfandad de todos los presentes, una orfandad en los dos sentidos, hacia arriba y hacia abajo, porque también los padres se quedan huérfanos de hijos, cuando estos se van a contar nubes y alas de ángeles, sin permiso.

Estamos celebrando su celebridad. Pero yo prefiero pensar hoy en el hijo muerto (si las madres están siempre tan orgullosas ¡qué no sentiría su madre!); en el padre que fue (Caterina, su hija, estaba enfadada, porque su papá, últimamente, estaba siempre enfermo); en la infinita soledad de su mujer. Recuerdo a Bene, radiante, en el día su boda. (Enric me habló de ella, a la vuelta de un viaje a los Estados Unidos. Me llamó para invitarme a comer y explicármelo en persona). Apenas 6 años después le entierra. Bene, a quien se le va la otra mitad, la vida, qué dolor, qué dolor…Y, entre medio, dos hijos. Pienso en ellos (de edades similares a las de los míos) y pienso que Enric no los verá crecer, que Enric tenía todos los dones menos el de una vida larga. Y pienso en sus hijos y en cuanto recordarán de su padre, en su futura memoria desdibujada. Muchos intentarán apropiarse de la herencia del muerto. Pero para su madre era su hijo, para sus hijos papá y para Bene, su vida. Estamos convocados por la trascendencia del personaje, pero algunos no enterramos, aquel martes, al personaje ilustre sino al maestro. Enterramos, sobre todo, al amigo.

5 El futuro

5- El futuro

Existe un camino que va de Borromini a Guarino Guarini, como existe otro que va de Gaudí a Enric Miralles. Todos ellos representan la creación en mayúsculas, una cierta manera, desbordante y excesiva, de entender la vida y el arte. El seny i la rauxa… Ante la enorme sensación pérdida, de impotencia, apenas siente uno lo injusto de la situación. Pero la vida siempre es injusta. La verdad no tiene remedio…

Queda, sin embargo, su enseñanza. Ser, de alguna manera, como él. Tener siempre tiempo para los demás. Dar a otros, cuanto recibimos un día. Jugar para algunos, quizás, ese papel y devolver, así, la herencia prestada, pasar el testigo. Sólo está permitido mirar a alguien, por encima del hombro, cuando se le ayuda a levantarse, escribió Gabriel García Márquez, al diagnosticársele un cáncer que hoy le mina, día a día. Pensar qué hubiera hecho Enric, es reflejarse en sus espejos (miralls, en catalán, lo que no deja de ser una coincidencia). A las nuevas generaciones se les debería recordar, sin embargo, la necesidad de heredar actitudes y no necesariamente, modelos formales (la voz es propia o no es). Un árbol no crece bajo la sombra de otro, me dijo cuando dejamos de trabajar juntos.

A su estudio le queda la difícil tarea de seguir y completar la obra en marcha. E iniciar otras nuevas, tan buenas o mejores, si cabe. Me consta la valía extraordinaria de todo su equipo y, en especial de su mujer, Benedetta (en la Bienal de BCN del 91 estando de comisario junto a Carlos Ferrater, premiamos un magnífico proyecto suyo de final de carrera). Queda un ingente trabajo que continuar y reinventar, como el mejor de los homenajes a hacer a Enric. Vaya desde aquí el más cariñoso apoyo de todos cuantos, un día, le quisimos y admiramos.

Y, como no nos hemos despedido, me parece, Enric, que voy a volver a verte, cualquier día en bicicleta, otra vez, con esa agilidad de oso que tenías ante el papel y la canasta. Ahora transformado en ángel, flotando entre las cubiertas del mercado de Santa Caterina o sentado, en el voladizo de vértigo de la nueva sede de Catalana de Gas, mirándonos a todos. Y sonriendo.

Uno crece con otros, pero nace y muere solo. Al tronco se le mide mejor cuando está cortado. Desde ahora, la estatura de Enric no hará sino crecer. Bon dia… Bon dia i bona nit, Enric.

4 El funeral

(1) Octavio Mestre, julio de 2000. Publicado originalmente en:

Mestre, Octavio. Acotacions EMM, AB Arquitectes de Barcelona, Butlletí de la Demarcació de Barcelona nº 75, Colegio de Arquitectos de Cataluña, Barcelona, septiembre 2000.

Créditos de las imágenes:

01. Tumba de Enric Miralles, en el cementerio de Igualada. Cecilia, galería de Velcro.

02. Muro y detalle del Parlamento de Edimburgo, EMBT. Octavio Mestre, 2009.

03. EMM a Torrent de Pareis por Octavio Mestre, 1984.

04. Boda de Tito (Robert Pallí) en Ronchamp. Entre otros arquitectos: Enric Miralles, Carme Pinós, Josie Abascal, Ramón Muñoz, Johnny Rodetja, Xisco Pizza y, del otro lado de la foto, quien esto escribe, Octavio Mestre, en segunda fila.

05. Pablo vestido de arlequin (1924) Musée National Picasso París.

06. David Hockney, The Desk, July 1st, 1984, photo-collage.

07. Michelangelo Buonarroti, La Piedad del Vaticano o Pietà, 1498-99. Wikipedia 

08. Michelangelo Buonarroti, Pietà Rondanini, 1561-64. Epdlp

09. Cortejo fúnebre de Malevich, 1935. The Charnel-House

10. Enric Miralles observando las columnas de la Cripta de la Colonia Güell. Enric Miralles. Obras y proyectos. Electa, 1996

11. Justo Isasi, “Focho”; Miralles y Babar, Baile de elefantes. Arquitectura Viva 70, 2000

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