Café de Redacción con Enric Miralles. La Voz de Galicia, 1998


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El arquitecto catalán Enric Miralles apuesta por desarrollar el urbanismo más a partir de grandes proyectos que de planeamientos

«Hay que ir hacia la ciudad densa»

«Miralles ha ganado por su aproximación enérgica, su imaginación y creatividad». El ministro británico para Escocia, Donald Dewar, presentaba así al autor del proyecto del nuevo Parlamento escocés de Edimburgo, seleccionado entre setenta propuestas de todo el mundo. El arquitecto afortunado, Enric Miralles (Barcelona, 1955), no sabe cómo acabará la cosa ni lo quiere saber: «La parte más bonita de un proyecto es esperar que el resultado sea una sorpresa». Y así abordó el cementerio de Igualada, la capilla zen de Inazuki, la intervención en la avenida Icaria de Barcelona… Sin método. Con curiosidad, intuición, vueltas y más vueltas. Una indefinición aparente que, en otros ámbitos, resulta radical. En lo urbanístico, por ejemplo. «Hay que ir a la ciudad densa».

Cuando todo el mundo habla de conectar las ciudades y el campo, de resolver la transición entre lo rural y lo urbano, llega Enric Miralles y dice: «Sí, las ciudades densas funcionan mejor. Con buenos servicios, destruyen menos el paisaje y resuelven mejor las necesidades de los ciudadanos». El arquitecto sube hasta Holanda y describe el paisaje visto desde el avión, una perspectiva a la que recurrirá una y otra vez durante el Café de Redacción que mantuvo con periodistas de La Voz, para ilustrar la idea, su antítesis: «Las líneas de tren acaban funcionando como líneas de metro. Es una sucesión continua de ciudades, fábricas, instalaciones agrícolas. Cuando sobrevuelas la zona de noche —explica—, te das cuenta de esa continuidad a través de los puntitos luminosos». —En todo caso, las áreas urbanas que delimitan la ciudad y el campo suelen ser las más degradadas. ¿Cómo se resuelve esa transición? —Drásticamente. De pronto la calle se acaba y aparece el campo. No tiene por qué ser de otra forma. Enric Miralles tiene fe en las ciudades y está convencido de que «el tiempo las reafirmará». La suya, Barcelona, le dio parte de lo que es y hay quien sostiene (Freddy Massad y Alicia G. Yete) que «la arquitectura de Miralles sólo podría ser obra surgida del lugar al que el arquitecto pertenece». Sea o no así, su participación en el proceso preolímpico de reinventar Barcelona le llevó a descreer de los planeamientos, cambiantes, incumplidos y limitados. «Definen la edificabilidad y la recalificación del suelo, pero no creo que tengan una relación directa con la arquitectura. En Barcelona, la verdadera transformación se hizo a partir de cinco o seis proyectos concretos, y no a través de una planificación». —¿Cree que puede repetirse aquel fenómeno? —No lo creo. Cada cosa tiene una solución propia y difícilmente exportable. De hecho el modelo Barcelona quiso reproducirse en otras ciudades y fracasó.

«No es tanto construir algo nuevo como recuperar viejos proyectos»

Enric Miralles es catedrático de la Escuela de Arquitectura en Barcelona, profesor en Harvard y director de la pequeña escuela de la Stádelschule de Frankfurt am Main. En una ocasión declaró: «Estoy sorprendido de la enorme vitalidad y energía de ciertas escuelas del mundo universitario norteamericano, donde hay una apuesta por la experimentación, preguntándose de qué puede hablar la arquitectura, de qué puede tratar». En A Coruña no se aventuró a hablar del futuro, pero sí a constatar la tendencia a la regeneración de los proyectos actuales: la arquitectura reparadora. «No es tanto construir algo nuevo como recuperar, rehabilitar y conservar viejos proyectos», sostiene. Sucedió en el Barrio Gótico de Barcelona, donde Miralles tiene su estudio. Unas calles más allá, su casa, «justo lo que buscaba», una antigua vivienda en torno a un patio central, donde disfruta «de esa sensación magnífica de estar de segunda mano. Me gusta. Esa cosa de saber que allí hubo algo antes». El pasado, un tiempo al que el arquitecto aludirá de nuevo para explicar su manera de entender el oficio, le lleva a defender y practicar la vida en los cascos históricos de las ciudades. Por dar nuevos usos a las viviendas, por revitalizar zonas en decadencia y por recuperar su dinamismo. —El problema es que sólo las familias de rentas altas pueden ocupar las viviendas de los centros históricos. —Pero eso tampoco es malo. Está bien que personas con recursos elevados comiencen a rehabilitar sus casas para vivir o quedarse en ellas. Es la única manera de que estas zonas recuperen su dinamismo, sus servicios.

«La fuerza del paisaje gallego lo aguanta todo, al menos de momento»

La nueva arquitectura tiene más paisaje, atiende a los recursos y los emplea, recupera la naturaleza de las cosas. Miralles, el defensor de la ciudad densa, se enorgullece también del crecimiento de los árboles del cementerio de Igualada, en el que ha empleado gran parte de los últimos diez años de su vida profesional, y con la misma intensidad lamenta la destrucción del paisaje que trajo el paseo marítimo al perfil litoral de A Coruña. «No creo que funcione; en todo caso, esa obra fue una oportunidad perdida… La iluminación, la uniformidad, esa complejidad del tranvía… Aunque nada es definitivo», señaló. —El paisaje rural gallego está muy deteriorado. Al lado de viviendas tradicionales es habitual encontrar remiendos de cemento. ¿Cree que sería preciso tomar medidas, sino tan duras como en Lanzarote (donde las casas sólo pueden pintarse de determinados colores), que al menos sí frenasen este fenómeno? —Pero si este paisaje lo aguanta todo… En Galicia, la fuerza del paisaje y su belleza absorbe cualquier tipo de aberración urbanística. Al menos, de momento. Lo de Lanzarote es otra cosa, es un privilegio que obtuvo César Manrique. Porque en realidad más que de una isla, se trata de un enorme parque natural. Al hilo de los paseos marítimos y los parques naturales, Enric Miralles recuerda el consejo de cabecera que recibió un día de una mujer arquitecto ya fallecida: «Cuando vayas a actuar sobre un sitio, intenta siempre no dejarlo peor de lo que estaba».

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«La mejor maqueta de un proyecto es la conversación»

Cuando Enric Miralles recibió el encargo para diseñar el Pabellón de Meditación de Unazuki; en realidad, una capillita aislada en medio de una ruta de peregrinaje zen, el arquitecto pensó: «¡Con la gente que hay que sabe de esto y nos lo encargan a nosotros!». Sólo había una respuesta. Si Japón tiene arquitectos con más conocimientos de zen que uno apellidado Miralles y, pese todo, encarga el proyecto al profesional catalán, será que Japón quiere una solución intuitiva. Así se planteó la obra. En realidad, como todas. El método de Enric Miralles está basado en la curiosidad, en los procesos de pensamiento, en una estructura que nunca se cierra y que, de la misma manera que le permite avanzar hacia nuevos conceptos, también vuelve atrás y se retroalimenta de proyectos pasados e ideas escondidas, interconectando la obra entera. «El mío es un trabajo fundamentalmente curioso. Me gusta descubrir cosas, ideas que uno ha sido capaz de pensar, moverme en un nivel de comentarios, de propuestas más que de seguridad absoluta. La mejor maqueta de un proyecto es la conversación. La parte más bonita es esperar que el resultado sea una sorpresa», explica. El arquitecto portugués Álvaro Siza Vieira escribió en Profesión poética: «Tenemos que descubrir la novedad mágica, el carácter singular de las cosas obvias». Enric Miralles dice: «Cuando me preguntan ahora qué tipo de arquitectura me interesa he descubierto que por fin tengo una respuesta: ‘Aquélla que es capaz de no ser demagógica ; es decir, aquélla que es capaz de esconder la realidad compleja de la que parte». Cuando ese rebumbio de ideas se ordena pueden haber pasado años. Pero así «se entienden mejor los proyectos. Como lo del cementerio. El esfuerzo de lo que has hecho atrás continúa interesándote y, desde un punto de vista conceptual, hay que volver a interpretarlo, darle vueltas y pensar cómo lo veo ahora. No dejarlo como una especie de cosa que se abandona».

Miralles considera beneficioso el culto a las grandes obras públicas

«La arquitectura es el único arte colectivo que queda»

El Museo Guggenheim de Bilbao sirvió de detonante a un fenómeno que ha ensalzado la arquitectura como disciplina de culto, entre críticas y parabienes de los propios profesionales.

Mientras unos ponen en cuestión la conveniencia de tales desproporciones para el bien de la arquitectura, Enric Miralles defiende el exceso con una frase: «Es el último arte colectivo».

Un arquitecto gallego lamentaba hace meses la veneración con que los jóvenes estudiantes afrontan la obra de ilustres como Siza, Gehry o Isozaki. Según narraba, el asunto alcanza la categoría del fan: jóvenes estudiantes de la escuela de Barcelona se precipitaban sobre un apabullado Norman Foster en busca de autógrafos. —La gente conoce el Guggenheim, pero muchos son incapaces de saber si su vivienda está bien o mal diseñada. ¿Cree que este culto a las grandes obras públicas y a sus autores es bueno para la arquitectura? —Sí, sí, yo creo que es bueno. En el caso del Guggenheim, esa obra (y lo de los museos es dificilísimo) da idea de lo magnífico que es Gehry como arquitecto. Además, la arquitectura es el último arte colectivo que nos queda, el único en que se implica la sociedad, del que participa. Como sucede con casi todos los arquitectos, Enric Miralles no se detiene en valoraciones sobre el buen o mal gusto de determinadas obras. «Lo único que debe importar es que un proyecto tiene que cumplir una serie de condiciones para que la obra funcione. Y si eso no se respeta escrupulosamente, entonces sí que no hay remedio. Pero más allá no se puede ir», concluye el arquitecto.

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La «moda» del regreso a los pueblos

La vida de Enric Miralles está construida en torno a una ciudad y, aunque admite la existencia de un relativo éxodo hacia áreas rurales, defiende el paisaje urbano cuando es capaz de integrar recursos, dinamismo y servicios. —Dice que el futuro está en las ciudades densas, pero cada día más la gente recorre docenas de kilómetros para vivir en el campo. Parece una contradicción. —Hay modas y cambios de hábitos inevitables. Antes en los áticos vivía la gente con menos recursos y ahora son tan caros que sólo pueden ocuparlos personas adineradas. Aun así, estoy seguro de que el tiempo reafirmará a la ciudad.

Del cementerio de Igualada al Parlamento de Escocia

Enric Miralles se graduó en la Escuela de Arquitectura de Barcelona en 1978, cinco años después de iniciar una fructífera sucesión de colaboraciones con el estudio de Albert Viaplana y Helio Piñón. Pocos años después crearía con Carme Pinós un estudio «a medias», desde el que se destiló el proyecto de una de las obras más emblemáticas del arquitecto catalán, el cementerio de Igualada, en el que viene trabajando desde hace una década. La sociedad concluye en 1989 y ese mismo año Enric Miralles abre el estudio que posee en la actualidad con su esposa, también arquitecto, Benedetta Tagliabue. El «despacho» ocupa la planta principal de un majestuoso edificio del Passatge de La Pau, en pleno Barrio Gótico. Vive a pocos metros de allí. Comenzó a ejercer actividades docentes en 1990 como director y profesor de la Master Class en la Stádelschule de Frankfurt am Main. Dos años más tarde, entraba en Harvard y en 1996 ganaba una cátedra en la Escuela de Barcelona. «Me interesa mucho estar en contacto con el mundo universitario porque allí es donde se mezcla ese deseo de influencias. Uso mucho los ejercicios para entender la obra de otros arquitectos. Allí pongo al día mi opinión sobre la arquitectura contemporánea», dijo. Firme defensor de los concursos —«son un buen lugar para aprender», sostiene—, Enric Miralles ganó el concurso para diseñar el Parlamento escocés en Edimburgo tras una dilatada carrera de proyectos. Entre sus obras, destacan:

  • Cubiertas en Parets del Vallés, Barcelona (1985)
  • Edificios y Parque para el Tiro con Arco Olímpico, Barcelona (1991)
  • Centro Social para el Círculo de Lectores, Madrid (1992)
  • Pabellón de Meditación en Unazuki, Japón (1993)
  • Palacio de Deportes en Huesca (1993)
  • Escuela Hogar en Morella (1994)
  • Pabellón Heaven para el Tayetama Museum, Japón (1995)

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La referencia bibliográfica es:

Café de Redacción con Enric Miralles. La Voz de Galicia, 22 de julio de 1998. Págs. 10-11

Entrevistas listado:

Wiki homenaje a Enric Miralles

Imágenes: Todas las imágenes de César Quian. La Voz de Galicia

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